
Un acto en el que celebramos su huella en todos nosotros, una huella muy viva y que da frutos en el trabajo y la vida de todos. La familia de Pep nos ha querido regalar este encuentro, que nos permite decirnos, diciéndole aquello que sentimos y somos.
El Pep antes que nada ha sido un buen hombre, un hombre sabio. Ayer hablando con el presidente del colegio, me decía que Pep honró la profesión desde una visión intelectual y comprometida, sobre todo desde la escucha y el diálogo. Su formación amplia, compleja, fundamentada en el psicoanálisis era una base sólida que se debía adivinar tras la espontaneidad, sencillez y sentido común que inspiraba el diálogo que tuvimos con él.
Su compromiso social y profesional, como recordaba Charles Alezrah en su carta, era un compromiso impregnado de humanismo, de vida, de amistad, de lucha contra la injusticia y de un talante cercano y cómplice que tenía la habilidad de no dejarse desviar de sus planteamientos progresistas y bien fundamentados, empleando su tan característica sorna.
Sin ser un hombre pacífico, sino luchador por sus ideales, el Pep inspiraba paz y resonancia emocional, su manera de escuchar es un recuerdo vivo que me ilumina.
Su compromiso social lo ha ejercido en todas sus dimensiones pero también en la profesión médica. Lideró la Junta de la sección colegial justo después de que lo hiciera Roser Perez Simó, en el año 88 y hasta el 92. Tanto desde la sección, como en las colaboraciones con el Ayuntamiento y sobre todo en la dirección de la Fundación, Pep nos ha dejado impregnados de su savoir faire que nos hacía sentir bien.
Su nombre en psiquiatría estará asociado para siempre a la desinstitucionalización psiquiátrica, a una posición ética que ponía a la persona y la ética en el centro de toda acción terapéutica.
Pep, seguirás entre nosotros para siempre.
